Enseñar a comer es enseñar a crecer

El título de este post «Enseñar a comer es enseñar a crecer» es el lema bajo el que el próximo 28 de mayo se va a celebrar la XIª Edición del Día Nacional de la Nutrición (DNN), una iniciativa de la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (FESNAD) en colaboración con otras instituciones y con el apoyo de la industria farmacéutica y alimentaria.

En la corta vida de este blog ya existe una entrada (Si tú comes bien, ell@s comen bien) relativa a la importancia que tiene la «eneñanza» de buenos hábitos entre los más pequeños. Una instrucción que tiene un objetivo bien definido, que nuestros hijos adquieran una serie de patrones de vida saludable.

Tanto por mi experiencia como niño (sí, aun me acuerdo) pero sobre todo por mi experiencia como padre no puedo por menos que asombrarme por la extraordinaria capacidad de aprendizaje que tiene el ser humano en sus primeros años de vida, por las necesidad «casi consciente» (quizá por eso me acuerdo tanto de aquellos años) de tomar referencias, de imitar llegado el caso, de «querer ser cómo«… cómo alguien que en aquel momento de la incipiente vida nos sirva de referente. Sobre esto que les comento hay muchos ejemplos: ¿Han visto alguna vez andar a sus hijos por el pasillo de casa de con los zapatos de papá o mamá y decir «mira papá, soy como tú«; han salido alguna vez a la calle con un polo blanco al igual que ellos y les han dicho: «mira mamá, vamos iguales«; etc? ¿Han apreciado que sonrisa se les dibuja en la cara cuando lo hacen? Seguro que sí, si son padres seguro que han podido vivir ése tipo de experiencias imitativas y jubilosas con igual o parecido regocijo. Otro ejemplo, ¿que dicen muchos niños que quieren ser de mayores? Pues aparte de policías, bomberos y futbolistas (y otras dedicaciones típicas) también hay muchos que se remiten a querer hacer lo que papá o mamá hacen, o bien eso o algunas de las aficiones de sus progenitores.

Somos «animales» formidablemente imitativos y, con lo que vemos en los demás, en especial aquellos que están en nuestro entorno más cercano, tendemos a captarlo como esponjas, muchas veces de forma consciente y también muchas otras no tanto. En aquella entrada antes mencionada puse el ejemplo de la lectura (ayudado para ello por una campaña institucional para el fomento de la lectura entre los más pequeños): «Si tu lees, ellos leen» rezaba el lema. Hoy les traigo otro ejemplo, más duro, menos amable, lo reconozco, pero con un mensaje muy parecido: los comportamientos que se vivieron (o que se sufrieron) en la infancia es más probable que los reproduzcamos de adultos. Si vivimos aspectos, soluciones, planteamientos, etc. positivos y beneficiosos, o por el contrario, negativos y perjudiciales habrá una mayor probabilidad de repetirlos con el mismo signo.

Llegando al tema que nos ocupa, lo que el niño coma y vea comer, los hábitos que «respire» en el hogar en sus primeros años de vida; en definitiva, las relaciones, sensaciones, sentimientos y comportamientos que se vivan a colación de cualquier acto alimentario en casa, van a influir de una forma muy poderosa a la hora de establecer un determinado comportamiento en su futuro alimentario. No determinante, o sí, quién sabe.

El lema del DNN hace hincapié en el término “enseñar”, a mí me gusta más el de “educar” pero el lema no quedaría así tan eufónico, o quizá sí, no lo sé, juzguen ustedes mismos: “Educar en el comer es educar a crecer”. El caso es que el “enseñar” podría evocar, más fácilmente que con “educar”, algunas malas prácticas en relación al encauzar el camino de cómo y qué comer, es decir, de cómo articular un menú diario adecuado, equilibrado al tiempo que sabroso. Se puede, por ejemplo, caer más fácilmente en el error de “forzar” a comer con el fin de “enseñar”, una grave equivocación en estos casos y con peores probabilidades de éxito que hacerlo de otra forma. Para que me entiendan mejor, en el libro “Mi niño no me come” del pediatra Carlos González hay un relato corto al final del texto (“La carga de la brigada nutricional”) que resulta un estupendo ejemplo de lo que supondría, en nuestro caso, que alguien nos “forzara” a comer; imagínense un pelotón de fornidos “policías nutricionales” entrando a saco en un restaurante y obligando a los comensales congregados a acabarse su plato porque ésa es “la ración” que alguien ha estipulado como conveniente.

Al mismo tiempo “enseñar a comer” puede asumirse también como un adoctrinamiento con inquebrantables reglas o como el hecho de adquirir conocimientos sobre nutrición; y el tema no va por ahí. “Educar” me gusta más, y educar con el ejemplo aun más (hay quien sostiene, no sin razón, que es la única forma de hacerlo correctamente). Cuando desayunemos con nuestros hijos, comamos, cenemos, compartamos unas palomitas en el cine, etc. demostrémosles, siempre que podamos (sin evitar las ocasiones de poder hacerlo), cómo se puede hacer bien y disfrutar al hacerlo. Así, casi sin querer, ellos terminarán con mucha más probabilidad haciendo lo mismo de mayores.

 

Nota: «Esta entrada participa en la 1ª Edición del Carnaval de Nutrición»